Nuestras tradiciones y folklore
OMBLIGADOS DE ANANSE
Hilos ancestrales y modernos en el Pacífico colombiano
Jaime Arocha Facultad de C. Humanas UN Colombia
Todo el libro de J. Arocha consiste en un intento de comprensión, una inmersión por parte del investigador, de las formas de vida y de pensamiento del pueblo afrochocoano, habitante de los valles de la cuenca del Baudó y de la costa pacífica colombiana, y descendiente de los esclavos negros que fueron obligados a trabajar de sol a sol en las plantaciones de los hombres blancos que los arrancaron de sus pueblos y tierras del continente africano, huidos en muchas ocasiones de sus dominadores y que lograron la libertad tras muchas penalidades en los s. XVII y XVIII, comprándola a sus amos tras sucesivos episodios de rebeldía y cimarronaje.
Estos hombres y mujeres tuvieron la fuerza y la inteligencia suficientes para conocer, comprender y adaptarse a una tierras nuevas para ellos, y sin contar con otra cosa que sus cuerpos y manos, su pericia y capacidad de improvisación y creatividad manual; a los ríos y selvas tropicales, a duras y prósperas costas, pródigos en recursos animales, vegetales y minerales, pero que exigían una actitud desafiante y respetuosa a la vez, una inquebrantable disposición a la supervivencia, al tiempo que consciente de la necesidad de llegar a integrarse perfecta y equilibradamente en un medio hostil y generoso.
Se vieron condicionados en esta lucha por costas y playas de fuertes mareas, manglares profundos y fangosos, escarpadas serranías dominadas por intrincadas selvas, fértiles y desconocidos valles, salvo para sus vecinos desde entonces, los indios emberaes, con los que aprendieron a convivir y a luchar en paz por la supervivencia. Pero contaban, sobre todo, con la memoria viva de hombres libres procedentes de África, ricos en rituales, mitos y tradiciones orales que vinculaban a todos y cada uno de los individuos en una conciencia de necesaria unidad y solidaridad para poder sobrevivir, patente en sus lazos de parentesco, metaforizada por ananse, la araña, así como en una innata, por arraigada desde siglos en su herencia genética, biológica y cultural, capacidad adaptativa al medio natural, que les permitió descubrir los ciclos naturales de los nuevos territorios para satisfacer con éxito sus necesidades vitales sin esquilmar ni destruir la belleza y prodigalidad de esos parajes, constitutivos de una de las reservas más ricas en recursos minerales y botánicos de toda
De esta forma, aprendieron a explotar los mares, a pescar su rica variedad piscícola en bajamar, como los pescadores de Tumaco ( con sencillas embarcaciones e ingeniosas artes de pesca inventadas por ellos mismos ); trabajando de forma cooperativa y posteriormente sindicada, aprendieron a aprovechar los recursos del manglar, tales como maderas de distintos tipos y cualidades, moluscos y crustáceos de gran valor y rico sabor, una vez conocidos los ciclos de las mareas (aguajes, pujas y quiebras). En las riberas de los ríos cultivaron plátano, arroz, maíz y tubérculos en pequeñas parcelas, de forma que siempre la selva pudiera recuperarse tras las cosechas y el posterior aprovechamiento de los restos vegetales (cañeo) por cerdos ramoneros, los cuales sirven a su vez de manjar en diversas fiestas y ágapes funerarios.
Cuando la pesca, la recolección de crustáceos y moluscos del manglar y la agricultura fallan o flaquean a causa de la sobreexplotación o por catástrofes naturales como el tsunami del 79, la minería del oro, la plata y otros minerales es objeto de la dedicación de los afrochocoanos, disponiéndose a utilizar sus bateas y su ingenio artesanal para arrancar a ríos y minas sus preciados tesoros, si bien nunca enriquecieron de forma egoísta al individuo aislado. Todas estas actividades económicas se realizaron hasta hace muy poco tiempo de forma completamente artesanal y por lo tanto respetuosa con la capacidad regenerativa de la naturaleza, y con la versatilidad suficiente (endoculturización) para pasar de una actividad a otra sin el menor esfuerzo, repartiendo equitativamente las tareas entre los miembros familiares y acogiendo con generosidad a parientes y amigos emigrados de otras zonas, valles o regiones por motivos de precariedad, cataclismos naturales o agotamiento temporal de recursos.
Por otra parte, la convivencia respetuosa con las plantas de la selva durante cientos de años, la observación y experimentación, y el legado oral de padres a hijos permitieron la existencia de magníficos médicos raiceros, capaces de aliviar y curar con su servicio desinteresado muchas dolencias de los miembros de sus aldeas y comunidades, siempre dentro de una concepción cosmogónica y religiosa de la naturaleza, habitada por seres espirituales, y con la intervención indispensable de las “balsámicas”, ungüentos, y los “secretos”, rezos especiales transmitidos de generación en generación por jaibanás y médicos raiceros a sus acólitos. En la actualidad esta tradición está en peligro de desaparecer por el envejecimiento y muerte de los ancianos y la falta de jóvenes seguidores de estas prácticas, y por el riesgo de destrucción de los ricos recursos botánicos aparejado a la desaparición de las selvas debido a su sobreexplotación comercial por compañías multinacionales, así como por la creación de carreteras, oleoductos, la contaminación creciente del desarrollo urbanístico de algunas poblaciones y el cambio climático archimencionado, pero real.
Las huellas de africanía perviven y afloran en multitud de gestos, danzas y cantos, palabras y rituales de un pueblo mal o nada comprendido, despreciado e ignorado por los políticos y el saber científico y humanístico oficiales hasta hace muy poco tiempo, en detrimento de sus derechos políticos y territoriales, que no ha sabido o no ha querido hacer valer como otros pueblos, y para su desgracia, a través del discurso en asambleas e instituciones públicas y políticas.
En la actualidad la guerrilla y los grupos paramilitares caracterizados por su exaltación de la violencia como única forma de comunicación y su carencia de tradición dialogante están poniendo en peligro, impulsados por su ambiciosa expansión por los territorios del Chocó, muchos siglos de convivencia cultural y de explotación equilibrada y sostenida de los recursos naturales, de forma que muchos habitantes están teniendo que emigrar a las grandes urbes como Bogotá, aunque tal y como apunta Arocha hasta allí se extienden también las redes de Ananse, de forma que en los humildes barrios de la periferia la gente se organiza y dispone de forma solidaria para acoger en el hogar, compartir bienes y dar trabajo a los parientes llegados de la selva y de la costa pacífica. También el gobierno nacional está coadyuvando al desarraigo de las familias de origen africano, y a su paulatino empobrecimiento, con las concesiones pesqueras, mineras y agrícolas a compañías multinacionales americanas y japonesas que no tienen ningún miramiento con el respeto debido a los ciclos naturales de esta reserva de la biosfera y a las gentes cuyos derechos ancestrales se están vulnerando, dando lugar de esta forma a lamentables episodios de neocolonialismo.
En lo que se refiere a los aspectos mitológicos y religiosos de raigambre africana Arocha destaca sobre todo los rituales de “bautismo” o aceptación en la comunidad de los niños y niñas recién nacidos a través de un doble ombligamiento o hermanamiento mágico-espiritual con la araña-divinidad protectora, Ananse. A través de un antiguo ritual consistente en enterrar el cordón umbilical junto a la planta seleccionada por la madre por sus propiedades específicas y plantada en el pequeño corral durante la gestación del bebé, de forma que trasferirá su fuerza y protección al pequeño (tótem) y un segundo estadio ceremonial que consiste en untar la herida umbilical con el polvo de la araña en muchas ocasiones, pero también con otros animales representativos de la mitología de origen africano. Estos vínculos y alianzas espirituales ejemplifican una cosmogonía fuertemente ligada al conocimiento y preservación de la naturaleza, por un lado, y a la pervivencia de la memoria de africanía como símbolo de orgullo y libertad del pueblo, por otro, en las duras circunstancias históricas de la esclavitud, de la opresión y subordinación económica y política posteriores a dicha esclavitud, incluso una vez lograda la libertad oficial. Por ello la araña con sus hilos simboliza la subversión frente al blanco y sus instituciones, de ahí su carácter rebelde y bisexual manifiesto en danzas y representaciones de carnaval que han pervivido en Palenque y Mompox, donde los danzantes evocan, haciendo escarnio de los opresores coloniales, a sus antepasados negros, héroes huidos de las plantaciones y abocados al cimarronaje[1].
En este punto Arocha y Fiedmann comentan que lo común a todos los descendientes de los esclavos es su gran heterogeneidad étnica y cultural, aunque sí poseen unas orientaciones cognoscitivas comunes, sobre el funcionamiento de los fenómenos reales y sociales. Los negros llevados a América reinventaron economías, tecnologías y medios de organización para sobrevivir; reencarnaron a sus deidades africanas en otras imágenes y crearon nuevos lenguajes en su habla, danzas y música. Por ello no tiene mucho sentido intentar establecer la esencia de su cultura a través de una comparación o explicación analógica con las culturas africanas actuales, que han experimentado una evolución histórica y ambiental distinta a la de las comunidades americanas. No existe el difusionismo lineal, según Norman Whitten.
Para la buena comprensión y explicación antopológica de estas comunidades es necesario seguir el método de estudio de Bateson basado en una epistemología de la emoción, la razón, la mente, el lenguaje, la naturaleza y la cinesis de los “sentipen- santes, en que estos elementos interaccionaron durante cientos de años hasta constituir una gran herencia cognoscitiva, la cual determina sus hábitos arbitrales y dialogales, así como comunicativos y artísticos para la convivencia y la superación del antagonismo. El propio Arocha fue testigo en varias ocasiones de cómo la intervención de la mímica, la danza y la teatralidad del mediador y la comunidad a través del coro fue capaz de aplacar y llevar a un terreno simbólico y cuasiteatral la tensión que hubiera podido derivar perfectamente en violencia sangrienta en una serie de conflictos de convivencia que se generaron durante su estancia en Chigorodó.
El culto a la familia, a los antepasados de la comunidad como fuerza aglutinante, y a la espiritualidad colectiva de estos hombres posee una de sus manifestaciones más importantes en sus ritos fúnebres, desarrollados mediante velorios, chigualos y novenas de difuntos, pero sobre todo con la expresión del amor familiar y vecinal tanto al hombre en estado de agonía como en el de fallecimiento, de tal forma que se logra un sentimiento de catarsis colectiva, así como de unidad espiritual y solidaridad de toda la comunidad. Todos los amigos y vecinos participan en el confortamiento del enfermo y de su familia, así como en las ceremonias que se desarrollan cuando éste ha fallecido.
El conjunto de las fases del ritual, la función de los participantes, los objetos y símbolos, altares y cánticos, o alabaos, se han estudiado y puesto en relación con las ceremonias funerarias de los fang, etnia bantú que parece estar en el origen de estos descendientes americanos, aunque también se aprecia algún elemento de raigambre yoruba, como la mariposa de tela que preside la ceremonia y que evoca al hacha de changó. Es interesante apreciar como los más ricos de la comunidad aportan sus cerdos para realizar el sacrificio en honor del alma del difunto, así como de las divinidades que han de acogerlo, y la posterior celebración del ágape o banquete funerario, de tal forma que se produce una redistribución no violenta de la riqueza, que junto al consumo de tabaco y aguardiente refuerzan el sentimiento de vida y prosperidad de los supervivien- tes del difunto.
Las ofrendas llevadas a la tumba, así como los cantos funerarios (trisagio) recuerdan de nuevo los de los rituales fang africanos. Según Arocha la sensación predominante es la de que el alma del difunto se queda en la familia, repartida entre los miembros de toda la comunidad, que han reforzado su sentido de unidad y solidaridad.
En este punto considero interesante y oportuno relacionar los comentarios de Arocha con los de mi antiguo profesor de filosofía Carlo Liberio, que en su libro Brujería y magia en América considera como una de las características primordiales de las etnias bantúes el culto y respeto a los antepasados, manismo[2], ya que en su concep- ción cosmogónica el mu-ntu, o esencia espiritual del hombre muerto (desencarnado) sigue ejerciendo su influjo energético sobre la realidad, y por ello es necesario fijar las relaciones con él, orientando favorablemente esa energía a través de la palabra (nomno) de los cánticos, rezos, etc., convirtiéndolo en “guía” de los descendientes y miembros de su comunidad[3]. Esta importancia de los antepasados, de la tradición y del recuerdo de la memoria ancestral se aprecia, del mismo modo, en las danzas y fiestas de carnaval practicadas en los palenques, que evocan a los antepasados cimarrones, héroes legendarios que se liberaron de la subyugación del hombre blanco y cuyo recuerdo sigue siendo un modelo ejemplar para los ombligados de Ananse.
Para los bantúes, según Liberio, todos los elementos de la naturaleza poseen una conciencia elemental, una esencia singular o magara, de tal forma que a través de la palabra, fuerza creadora y evocadora y a su vez otra energía, desean dominar y crear todo lo nombrado, captar y dirigir dicho magara para enriquecer su propio ntu de cara a la supervivencia. Toda frase encierra una fuerza mágica y espiritual manifiesta en los fenómenos del ritmo, la energía tonal, el poder evocador de los sonidos (onomatopeyas, aliteraciones, etc) y en la musicalidad del canto. De ahí que el médico raicero, conoce- dor de la energía y propiedades, del ser de las plantas, a través de sus recetas y secretos, ocupe un papel importante en los rituales funerarios y en la preparación de los perros cazadores, de acuerdo con lo que nos cuenta Arocha.
En la cosmovisión chamánica y totémica el iniciado es capaz de “establecer una relación simpatética con un animal, un espíritu o cualquier otro ser poderoso en el que un hombre pueda depositar, para mayor seguridad, su alma o una porción de ella y del que recibe, recíprocamente, el don de poderes mágicos” (Frazer y Liberio). Esta creen- cia se manifiesta claramente en los trances mediúmnicos de los antiguos chamanes asiáticos Bôn-po, en sus descendientes”pieles rojas”, pero seguramente también en muchas manifestaciones religiosas africanas. Por otro lado, hemos de recordar el trasvase de contenidos y experiencias espirituales entre los afrochocoanos y los indígenas emberaes, vecinos durante varios siglos. Así como resultan innegables las fuertes conexiones afroasiáticas en la génesis del homo sapiens, como han afirmado prestigiosos antropólogos, y por lo tanto existiría un tronco común en la cosmovisión espiritual y metafísica de toda
En toda la gran extensión cultural y territorial americana, la macumba, según Liberio, ofrece una línea común, una continuidad para la comprensión del fenómeno espiritual-animista panamericano basada en la creencia de la metempsicosis o transmigración de las almas, tanto en el vudú haitiano, la kimbandá brasileña, la santería cubana, e incluso las sectas espiritistas y sincretistas que proliferan en Norteamérica, los cuales han sintetizado los orixás yoruba, los mu-ntu sudaneses y congoleños con elementos de magia y brujería europea, factores indígenas amerindios, e incluso con otros procedentes del budismo y otras creencias orientales ( teosóficas), aun utilizando términos y estructuras superficiales católicas y cristianas.
Pascual Pérez Royo (trabajo de postgrado de
[1] Los núcleos principales de resistencia en los s. XVII y XVIII se constituyeron en los valles del Cauca y del Magdalena, en el palenque de San Basilio.
[2] Manes: término latino usado para mencionar los dioses infernales o almas de los difuntos considerados benévolos. Sombras o almas de los muertos. (Diccionario R.A.E.)
[3] En Haití, los espíritus guía o maîtres de la tête “cabalgan” a los bokor o mediums invocadores de tales energías, aunque en muchas ocasiones es la cadena humana o “rueda fluídica” la que a través del canto, el ritmo de los tambores y las respiraciones acompasadas llega a entrar en trance hipnótico (más propia de la tradición yoruba esta cadena fluídica según C. Liberio del Zotti ). En la santería cubana la hechicera jefa es la mambo.



